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Las campanas de 1919

-Demonios, esta maldita vida -dijo Joe Williams sin apenas abrir los labios-. Es como una pescadilla que se muerde la cola.
-Sí -respondió Roberto Jordan dejando caer un vaso vacío de ron blanco sobre la barra-. Una jodida pescadilla frita. Muy quemada.

Aschenbach


---...tras otro breve paréntesis, que mejor manera de reanudar este blog con toda una declaración poética...---


...has de saber que nosotros, los poetas, no podemos recorrer el camino hacia la Belleza sin que Eros se nos una y se erija en nuestro guía; sí, por más que a nuestro modo seamos héroes y guerrros virtuosos, en el fondo somos como las mujeres, pues lo que enaltece es la pasión, y nuestro deseo será siempre, forzosamente, amor: tal es nuestra satifacción y nuestro oprobio. ¿Comprendes ahora por qué nosotros, los poetas, no podemos ser sabios ni dignos? ¿Comprendes por qué tenemos que extraviarnos necesariamente, y ser siempre disolutos, aventureros del sentimiento? La maestría de nuestro estilo es mentira e insensatez; nuestra gloria y honorabilidad, una farsa; la confianza de la multitud en nosotros, el colmo del ridículo...nosotros los poetas, digo,... no podemos enaltecernos, sino solamente entregarnos al vicio.


---extracto de "La Muerte en Venecia" de Thomas Mann---

Espejo Nocturno (3ª Estancia)

Antoine Roquetin y M. de Rollebon. A quién elegir, al personaje perdido en la náusea o al personaje alejado, difuso, sin más aventuras que una sucesión de hechos entrelazados de nuevo por el primero.
Cómo ser Roquetin sin ser pelirrojo, llevando una cabellera que no llega a decidirse entre el castaño y el rubio, mi cara perdiéndose en el vacío con este vértigo diario. Yo también tiemblo ante el agujero blanco de la pared. Esa trampa, el espejo.
Cómo ser Robellon, asesino de Pablo I, como serlo si hay que evitar cuidadosamente los alejandrinos en la prosa.
Me observo en este espejo nocturno y encuentro a la cosa gris, mi rostro, a mis manos repitendo los actos hasta que los pienso, los defino e intento coger al tiempo por la cola.
Al final la noche te lleva a Bouville, por la calle Joséphin-Soulary al pasaje Gillet hasta la calle Tournebride, muy cerca de la colina de Montmartre. Irremediblemente. No hay otra salida. Al final el que lleva el pensamiento, el verso, la pregunta sabe a lo que se expone, a la soledad y cuestionarse a sí mismo.
Otros, otros que se acercaron en su momento por deficiencias, por astío de vida, por soledad de locura insoportable, otros acaban preguntándose "...para que sirve juntar versos...".
¿Para que sirve un asesinato? ¿Para qué una conspiración? Para que otro la escriba, la narre, la verse...ya da igual el asesino, su interior, quién era. Quizás ni su nombre importa.
Entonces queda claro, creo, por esta noche. Quizás mañana, aún, el infierno sigan siendo los otros.

Espejo Nocturno (2ª Estancia)

En la lenta sábana de la noche he pensado si el Zenón de Marguerite Yourcenar experimentó la misma soledad que yo en estos instantes. Si realmente la soledad es una decisión o un leve empujón de la multitud, bramando sus inútiles sueños día tras día...el sol saldrá por el Este y punto a los sueños.
Qué nos lleva a exiliarnos a una Brujas infectada por la ambición y la mediocridad. En dónde radica la finalidad de escapar una y otra vez por y para nunca ser escuchado, y una y otra vez oir repetido las mismas palabras en el mismo orden y con la misma intención, los mismos cinco actos clásicos del teatro, el mismo final...el mismo al que llevó, desconsolado pero sin más opción, su antaño amigo Bartholommé Campanus al único personaje que importaba en esta historia.

-Mi muerte me parecía segura, ya no me quedaba más que pasar unas cuantas horas in summa serenitas...

Espejo Nocturno (1ª Estancia)

---J. Ward Moorehouse y Jimmy Herf---


En estas horas, nocturnidad besando nocturnidad, creo sentirme J. Ward Moorehouse. No, mejor Ward Moorehouse a secas, Ward en Pittsburgh, maldiciendo al Times Dispatch y el camino que le llevó a aquel periódico. Maldiciendo su vida por no poder maldecir más allá de su pasado.

Digo Ward y no J. Ward, porque ya saboreé en mis carnes a este último, y me detuve a tiempo. Siempre antes.

Por ello supongo que, como todas las noches, proseguiré mi insomnio y clausuraré mi mirada recitando a Jimmy Herf, ningún héroe, ningún conquistador, ningún amante, pero ese sempiterno personaje-persona que empieza y termina las historias.

-Oiga, ¿me deja usted subir? -pregunta al hombre pelirrojo que lleva el volante.
-¿Adónde va?
-No sé... Bastante lejos.

...de este sueño arrebatado.